Empatía en UX: cuando sentir nos aleja de entender

La empatía en UX se ha convertido en un mantra incuestionable, pero ¿realmente nos ayuda a diseñar mejor? Cuando se usa como un eslogan vacío, corre el riesgo de distorsionar nuestra comprensión del usuario y reforzar prejuicios.

Persona con máscara sonriente y rostro serio en la sombra, simbolizando la dualidad entre apariencia y realidad

«Empatía». La palabra resuena en los pasillos del diseño digital como un mantra, una promesa, casi una exigencia moral. Se ha incrustado en nuestro vocabulario profesional con la fuerza de un clavo oxidado en una madera vieja, presente en cada discurso, cada portfolio, cada debate sobre la última tendencia en interfaces. Pero, ¿cuántas veces hemos sentido que esa palabra, tan manoseada, se desliza entre nuestros dedos como arena fina, dejando tras de sí una sensación de vacío, de promesa incumplida?

Hemos inflado el globo de la empatía hasta que amenaza con explotar, convirtiéndola en un mero ejercicio de marketing, una forma de adornar nuestras propuestas con un barniz de sensibilidad humana sin detenernos a considerar si realmente comprendemos las complejidades de la experiencia ajena. Peor aún, en la confusión semántica que nos embriaga, corremos el riesgo de trocar la empatía por una piedad condescendiente, una lástima de turista que observa la realidad desde la ventana climatizada de su autobús. Si persistimos en este camino, el futuro nos depara un panorama desolador: productos diseñados desde la frialdad de la distancia, con la vana ilusión de haber conectado con el usuario, mientras la brecha entre nuestras intenciones y su realidad se ensancha peligrosamente.

La empatía como atrezzo de escaparate

El diseño de experiencia de usuario, ese campo que se erige sobre la bandera de la centralidad en el usuario, se vanagloria de su capacidad empática. Es el cimiento teórico de cada investigación, la justificación de cada entrevista, el santo grial de cada prueba de usabilidad. Sin embargo, ¿cuántas veces hemos sido testigos de esas «historias de usuario» que, bajo la capa de la empatía, no hacen sino consolidar la barrera invisible que separa al diseñador del individuo real?

Piénsalo por un momento. ¿Acaso no hemos escuchado en la intimidad de un equipo de diseño las risas cómplices ante el error de un usuario durante una prueba? ¿Es esa la manifestación de la empatía que pregonamos? ¿O es más bien un reflejo de nuestra propia superioridad técnica, disfrazada de comprensión condescendiente?

¿Y qué me dices de esas interfaces diseñadas «para personas mayores», concebidas desde la óptica paternalista de un diseñador veinteañero que jamás ha cruzado una conversación profunda con un octogenario? ¿Estamos realmente atendiendo sus necesidades o simplemente proyectando nuestras propias asunciones sobre un colectivo diverso y complejo?

Incluso en la creación de asistentes virtuales basados en la todopoderosa inteligencia artificial, esa panacea tecnológica que promete «mejorar la comunicación», ¿nos hemos detenido a considerar cómo los sesgos algorítmicos inherentes a su programación pueden perpetuar la exclusión de ciertos grupos, amplificando las desigualdades en lugar de mitigarlas? ¿Es esta la empatía inclusiva que vendemos en nuestros discursos?

La empatía auténtica no es una pose, un accesorio que se coloca estratégicamente en la narrativa de un proyecto. Es incómoda, desestabilizadora. Nos obliga a abandonar la seguridad de nuestras métricas y nuestros casos de estudio para sumergirnos en la complejidad, a menudo caótica e impredecible, de la experiencia humana.

¿A qué nos referimos realmente cuando hablamos de empatía?

El problema no reside en la empatía como concepto fundamental. El quid de la cuestión es su progresiva banalización, su conversión en un significante vacío, susceptible de ser rellenado con cualquier interpretación conveniente. La investigadora Teresa Wiseman, con una lucidez que contrasta con la nebulosa retórica actual, identificó cuatro cualidades esenciales que componen la verdadera empatía:

  1. La capacidad de tomar perspectiva
  2. La habilidad para evitar el juicio
  3. La destreza para reconocer la emoción en otros
  4. La facultad de comunicar esa comprensión.

Sin embargo, en el vertiginoso mundo del diseño digital, nuestra «empatía» suele detenerse en el primer escalón de esta escalera: recopilamos datos fríos y asépticos, analizamos tendencias superficiales, creamos arquetipos de usuarios con nombres genéricos y biografías prefabricadas, y nos autoconvencemos de haber penetrado en la psique de nuestra audiencia.

Esto no es empatía. Es reduccionismo en su forma más pura, la ilusión de comprender la totalidad a través de la disección de fragmentos inconexos. Para que la empatía trascienda la condición de mera palabra en una presentación de diapositivas, debemos confrontar los mecanismos sutiles que nos alejan de ella. Y el primero de ellos, paradójicamente, es la culpa.

La trampa de la culpa: ¿Diseñamos con el corazón o con la conciencia?

El psicólogo Paul Bloom, en su provocador libro «Against Empathy», nos invita a reflexionar sobre la naturaleza escurridiza de esta emoción. Argumenta, con una lógica implacable, que la empatía mal entendida y peor aplicada puede conducirnos a tomar decisiones irracionales, favoreciendo narrativas individuales cargadas de emotividad en detrimento de soluciones más amplias y equitativas.

En el contexto del diseño, esta perspectiva se traduce en la creación de productos que simulan una conexión emocional superficial sin abordar los problemas subyacentes de manera efectiva. Un chatbot que despliega un lenguaje cálido y amigable puede generar en el usuario una sensación momentánea de ser escuchado, pero si al final no resuelve su consulta de manera eficiente, su «empatía» se revela como una mera estrategia de contención, una fachada digital que oculta la ineficacia.

Del mismo modo, un asistente de voz que se esfuerza por imitar la cadencia y las inflexiones del habla humana no logra que la inteligencia artificial sea intrínsecamente más cercana; simplemente la hace más convincente en su impostura, perfeccionando el arte del engaño emocional. La pregunta incómoda que debemos plantearnos es si estamos diseñando experiencias genuinamente más inclusivas o si, por el contrario, estamos envolviendo la exclusión en una interfaz más atractiva, más «empática» en su apariencia, pero igual de inaccesible en su funcionalidad.

El espejismo de la compasión

Otra barrera insidiosa que dificulta el ejercicio de una empatía auténtica es la vergüenza profesional, ese sentimiento punzante de inadecuación que acecha en las sombras de nuestra autopercepción como diseñadores. La investigadora Brené Brown establece una distinción crucial entre culpa y vergüenza: la culpa nos dice «Cometí un error en la investigación», mientras que la vergüenza susurra con veneno «Soy un mal investigador».

Cuando un diseñador se siente inseguro acerca de sus propias capacidades, puede caer en una espiral de autoexigencia paralizante que inevitablemente contamina su trabajo: «No soy lo suficientemente creativo» puede traducirse en la sobrecarga innecesaria de elementos visuales y efectos superfluos en un intento desesperado por impresionar; «No soy lo suficientemente técnico» puede llevar a la evitar implementar características de accesibilidad cruciales, percibidas como demasiado complejas o engorrosas; «No soy lo suficientemente innovador» puede resultar en la introducción de cambios radicales que no aportan valor real al usuario, impulsados más por la necesidad de destacar que por una comprensión profunda de las necesidades reales.

Si el diseñador no es consciente de estos sesgos subyacentes, puede terminar tomando decisiones que priorizan su propia validación profesional por encima de la verdadera experiencia del usuario, creando un círculo vicioso donde la inseguridad alimenta diseños egocéntricos y la falta de conexión genuina con el usuario refuerza esa inseguridad inicial. Y esto nos conduce a una pregunta fundamental que a menudo evitamos formular: ¿Estamos diseñando realmente para los usuarios o para nuestra propia necesidad de sentirnos validados como «buenos diseñadores»?

La IA y el simulacro de la empatía

La irrupción de la inteligencia artificial está redefiniendo radicalmente la relación entre diseño y empatía. Algoritmos sofisticados, entrenados para interpretar las sutilezas de la expresión emocional humana, están siendo integrados en una creciente variedad de interfaces de usuario, asistentes virtuales y plataformas de atención al cliente. Pero, ¿puede una máquina, por más avanzada que sea su programación, ser genuinamente empática?

El problema fundamental no radica en la incapacidad inherente de la IA para experimentar emociones propias. El verdadero peligro reside en su creciente habilidad para imitar la empatía con una precisión inquietante. Sistemas como GPT-4 pueden generar respuestas que exhiben un tono emocionalmente apropiado para una amplia gama de situaciones, no porque comprendan intrínsecamente los sentimientos del usuario, sino porque han sido meticulosamente entrenados con vastos conjuntos de datos que contienen patrones de respuesta asociados a diferentes estados emocionales.

Si un chatbot nos responde con un lacónico «Entiendo cómo te sientes» sin poseer la capacidad real de comprender la complejidad de nuestras emociones, ¿estamos realmente diseñando para fomentar la empatía o simplemente programando una ilusión de conexión, una simulación sofisticada que nos adormece con una falsa sensación de comprensión? El riesgo latente es que terminemos delegando la responsabilidad de la empatía en la tecnología, confiando ciegamente en que una máquina puede realizar el trabajo arduo y a menudo incómodo de comprender verdaderamente a los usuarios, un trabajo que los diseñadores, en nuestra prisa por la eficiencia y la escalabilidad, quizás ya no estemos dispuestos a realizar.

Hacia una empatía auténtica y distanciada

Si la empatía en el diseño de experiencia de usuario aspira a trascender la condición de cliché vacío y convertirse en una fuerza transformadora real, necesita urgentemente un cambio de enfoque radical. Necesitamos menos storytelling edulcorado y más inmersión en la experiencia real. No basta con la creación de personajes de usuario ficticios, basados en suposiciones y datos demográficos superficiales; es imperativo salir de nuestros estudios de diseño y entablar conversaciones significativas con personas reales, observando sus comportamientos en su entorno natural, comprendiendo sus frustraciones y sus alegrías de primera mano.

También necesitamos menos discursos emocionales grandilocuentes y más soluciones concretas y pragmáticas. El objetivo no es generar una compasión efímera en el usuario, sino identificar y eliminar las barreras reales que dificultan su interacción con nuestros productos y servicios. Esto implica un enfoque riguroso en la usabilidad, la accesibilidad y la eficiencia, priorizando la funcionalidad sobre la mera estética emocional.

Finalmente, necesitamos menos interfaces «cálidas» y más accesibilidad real y tangible. No es necesario que un chatbot nos salude con un torrente de emojis y frases hechas si el producto que representa tiene fallos de diseño que impiden su uso por personas con discapacidades visuales o motoras. La verdadera empatía se manifiesta en la creación de productos inherentemente inclusivos, diseñados desde la base con la diversidad de los usuarios en mente.

Una cosa más…

La empatía no es un eslogan pegadizo ni un truco de diseño ingenioso. Es una elección consciente, una disciplina mental que nos exige comprender a las personas en toda su complejidad, sin simplificarlas en arquetipos convenientes ni utilizarlas como una excusa para sentirnos mejor con nuestro propio trabajo. Si realmente aspiramos a diseñar productos que estén genuinamente centrados en las personas, tal vez sea hora de dejar de hablar tanto de empatía y empezar a practicarla de verdad, incluso si eso significa diseñar desde una cierta distancia crítica, una distancia que nos permita observar con claridad, sin el filtro distorsionador de nuestras propias emociones y prejuicios.

Quizás la verdadera maestría del diseño centrado en el ser humano reside no en sentir lo que el usuario siente, una tarea inherentemente subjetiva y a menudo engañosa, sino en comprender profundamente cómo interactúa con el mundo, cuáles son sus necesidades reales y cómo podemos diseñar soluciones que les permitan alcanzar sus objetivos de la manera más eficiente y satisfactoria posible. Y esa comprensión, paradójicamente, a menudo requiere un paso atrás, una observación fría y analítica que trascienda la calidez ilusoria de una empatía mal entendida.